Exposiciones temporales

 

Desde 10/07/2012 hasta 30/10/2012 

Fernando Calleja y Goróbil

Nacido en 1943, su infancia y juventud transcurrieron en una modesta explotación agricola-ganadera, ubicada en la periferia sur de Bilbao. Dicho enclave era, a la sazón, una especie de península rodeada de minas de hierro: Malaespera, Abandonada, Julia, San Luis, etc.

La citada finca -en sus orígenes medievales Casa Torre de Urizar y a posteriori reutilizada como caserío Egina- se encontraba un tanto aislada del ámbito urbano, por lo que no resulta extraño que a un niño le pareciese atractiva -si no divertida- la actividad minera. Como si para él se tratase de un parque temático. Entre otras cosas, le resultaban fascinantes los trayectos a bordo de las viejas locomotoras de vapor mineras. En tales escenarios aprendió a modelar la arcilla, desde el autodidactismo más radical. Años después, impulsado por su sempiterna curiosidad, visitó reiteradamente las fábricas de Altos Hornos, Babcock Wilcox, etc. y con esto se completó su código de fascinación, del que era parte importante el factor arqueológico, no solamente minero-siderúrgico, sino también el referido a los útiles y herramientas que tan familiares le resultaban en su casa natal. De hecho, en su actual estudio-taller hemos podido contemplar, cuidadosamente conservados y/o restaurados, objetos tales como laias, piketakos, cuernos de buey vaciados para portar la piedra para afilar guadañas, así como la vara de un carro de bueyes que ocasionalmente usaba su bisabuelo para el transporte de mineral, amén de un farol minero procedente de la mina Julia, en su terraplén de estériles.

Años después -hablamos de la década de los 60- formó parte del Grupo Espeleológico (GEV) de la Diputación de Bizkaia, y la práctica de esta actividad le aportó conocimientos que incrementaron notablemente su interés por la arqueología etnográfica. Sirvan como el ejemplo el hallazgo de una pala de carbonero en el fondo de una sima en Itxina (Gorbeia) y su colaboración con “Aita Josemi” Barandiaran en la exploración y catas preliminares en Santimamiñe.

No cabe duda de que aquellos sus primeros años le generaron una impronta de gran calado.

Con el transcurso de los años, su otra atracción -el dibujo- dio paso a la utilización de pinceles y óleos, siempre autodidacta -al margen de acontecimientos y/o tendencias autodidactas- más sin hacer dejación de su otra querencia: el tridimensionalismo procedente de los primitivos modelos en arcilla de su infancia, así como la búsqueda de vestigios u objetos arqueológicos por el entorno de todas aquellas minas, cuya explotación había cesado tiempo ha.

Posteriormente, su estilo pictórico comenzó a tomar diferentes derroteros, arribando -según nos comenta- a un territorio con mayores posibilidades creativas: los paisajes minero-siderúrgicos. La clave para alcanzar su actual hacer fue una reflexión: “poseyendo los materiales, los objetos y, en suma, las herramientas necesarias, ¿por qué no incluirlos en las obras, utilizando la superficie del lienzo como receptora, no solamente del paisaje de fondo, creando así una simbiosis entre las disciplinas pictóricas.

Y así dio comienzo su actual etapa, aunando en cada obra óleos con vestigios, materias y objetos, procedentes principalmente del naufragio minero-siderúrgico sufrido en Bizkaia.Preguntado, manifiesta que los relieves matéricos adosados sobre el paisaje donde fueron utilizados, les confiere “una nueva vida imaginaria” y obtienen el papel de “prima donna” en la obra. Se puede corroborar como acertada esta opinión por el hecho de que para la exposición intercontinental “FEUERLANDER” celebrada en el estatal LVR INDUSTRIEMUSEUM en 2010, resultó decisiva la inclusión de varias de sus obras, como único representante de España, especialmente por el contenido arqueológico-etnográfico, que tanto se valora en Alemania.
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